En su desmedida carrera al éxito, la transformación de Barcelona no sólo se nos hace evidente en sus nuevos iconos urbanos, sino en las cotidianeidades más cercanas. La irrupción masiva de nuestros nuevos conciudadanos basculantes, primero bajo el efecto olímpico, y despúes bajo el efecto “compañía de bajo coste” (sí, los turistas se nos han convertido en compañías habituales de “bajo coste”), ha hecho de cualquier patrimonio elemento susceptible de ser rentabilizado turísticamente.
Paseando por la ciudad y alrededores del Parc Güell, uno puede encontrarse las “tres edades contemporáneas” de Barcelona. A modo de ejemplo, esta imagen de hace unos días:
1. ERA PREOLÍMPICA. Décadas de grisura y tristeza. Establecimiento eléctrico de barrio: “Electro Villar”
2. ERA OLÍMPICA. La paella congelada como re-descubrimiento de la mediterraneidad barcelonesa. Cefetería-Restaurante: “Parc Güell”
3. ERA BAJO COSTE. 48 horas de gaudinismo, lunares y bolsos de playa.
Barcelona con empeño y esmero se liofiliza para su inmortalización como “naturaleza muerta”.
